¡SEÑOR, TEN PIEDAD!

“Jehová, no me reprendas en tu enojo, Ni me castigues con tu ira. Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; Sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy turbada; Y tú, Jehová, ¿hasta cuándo? Vuélvete, oh Jehová, libra mi alma; Sálvame por tu misericordia. Porque en la muerte no hay memoria de ti; En el Seol, ¿quién te alabará? Me he consumido a fuerza de gemir; Todas las noches inundo de llanto mi lecho, Riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos están gastados de sufrir; Se han envejecido a causa de todos mis angustiadores. Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad; Porque Jehová ha oído la voz de mi lloro. Jehová ha oído mi ruego; Ha recibido Jehová mi oración. Se avergonzarán y se turbarán mucho todos mis enemigos; Se volverán y serán avergonzados de repente.”

SALMOS 6:1-10

 

En este Salmo 6 se describen las armas que está empleando el enemigo para oprimirnos como son la debilidad, el terror, la ansiedad y la angustia. David, quien es el autor de este Salmo, también sentía que Dios guardaba silencio y que estaba dispuesto a dejarlo hundirse en el dolor. David le rogó al Señor que no lo reprendiera en Su ira, le pidió que tuviera piedad de él porque ya no tenía fuerzas, que lo sanara porque sentía que hasta sus huesos se estremecían.

Como parte de sus circunstancias de aflicción, la muerte misma estaba cerca. Por eso, en los versículos 4-5, vemos la urgencia de David para que Dios intervenga, porque si Él no hacía algo y la muerte llegaba, sus labios serían silenciados y ya no podría alabarlo por Su liberación, esto denota que se encontraba en una profunda aflicción, pero tenía esperanza.

Querido Lector, existen muchos momentos en nuestras vidas en que vivimos circunstancias difíciles, en los que tenemos que librar una batalla en nuestra mente, y es entonces que el terror de la opresión, la angustia de la incertidumbre o la ansiedad ante la realidad de la muerte, se vuelven tan presentes que el sentir de nuestro corazón es que Dios está ausente, que se ha olvidado de responder y de traer liberación.

Este Salmo nos trae la esperanza de que Dios ve nuestro dolor y nuestras lágrimas: «Porque el Señor ha oído la voz de mi llanto» (v. 8, NBLA).

Las circunstancias de David no parecen haber cambiado, excepto su reconocimiento de que Dios lo había escuchado y de que la realidad de saber que el Dios que oye, traía esperanza a su corazón.

Él es el Dios que escucha nuestra oración y está en medio de nosotros aun cuando no logramos sentir Su cercanía. En nuestras lágrimas, Él es el Consolador. Cuando sentimos que no podemos seguir adelante, Jesús persevera por nosotros. En nuestra incredulidad, Él nos da Su perdón. En medio de la opresión, Él es el Dios que hace justicia. Aun frente a la realidad de la muerte, en Jesús tenemos la seguridad de que nada ni nadie podrá apartarnos de Su amor. (Romanos 8:38-39).

Podemos confiar en Jesús aun cuando no podamos encontrarlo. Él es el Dios que no nos abandona y en todo tiempo escucha nuestro clamor.

Aplicación personal:

         1.      ¿Recuerdas algún momento en el que hayas sentido que Dios guardó silencio en medio de tu aflicción? ¿Qué fue lo más difícil de atravesar en esa temporada?

         2.      ¿De qué manera has experimentado el consuelo del Señor cuando tus lágrimas han estado presentes cada noche?

         3.      ¿Cómo trae esperanza a tu corazón saber que Jesús persevera por ti, aun cuando sientes que ya no puedes más?

         4.      ¿Qué te muestra del carácter de Jesús el hecho de que Él escucha el clamor de nuestras lágrimas?

Importante!

Usa los siguientes versículos como guía para levantar tu corazón en lamento y oración hacia el Señor.

                 Acércate a Dios: «SEÑOR, no me reprendas en Tu ira, ni me castigues en Tu furor» (v. 1).

                 Presenta tu sentir: «Mi alma también está muy angustiada; y Tú, oh Señor, ¿hasta cuándo?» (v.3).

Ora pidiéndole al Señor:

«Ten piedad de mí, Señor, porque estoy sin fuerza; sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen» (v. 2)

Decídete a confiar

«El Señor ha escuchado mi súplica; el Señor recibe mi oración» (v. 9)

Oración:

Amado Señor Jesús, te pido que me ayudes a encontrar en tu palabra la guía para mis pasos, aún en medio de la aflicción y del dolor. Y permíteme ser testigo del amor del Padre en cada área de mi vida para poder vivir una vida plena en tu Espíritu Santo. Amén.

Con cariño, Rossemarie Rizzo Martínez.

Pastora MCI Bogotá.



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