"Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré, porque formidables y maravillosas son tus obras..."
Salmo 139:13-14
Hay momentos en la vida en los que podemos cansarnos de intentar ser lo suficiente.
Suficiente para la familia. Suficiente para el trabajo. Suficiente para cumplir expectativas. Suficiente para encajar. A veces pareciera que siempre hay algo más por hacer, algo más por lograr o alguien con quien compararnos y cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando cometemos errores o cuando sentimos que otros avanzan más rápido que nosotros, una voz comienza a susurrar en nuestra cabeza: "No eres suficiente".
He descubierto que esa voz suele ser muy insistente. No grita, pero tampoco se calla. Aparece cuando vemos nuestros fracasos, cuando recordamos nuestras debilidades o cuando sentimos que decepcionamos a alguien. Poco a poco comenzamos a creer que nuestro valor depende de lo que hacemos y no de quiénes somospero Dios piensa diferente, mientras nosotros solemos definirnos por nuestros resultados, Dios nos define por su amor.
Cuando leo el Salmo 139 imagino a David escribiendo estas palabras. No lo hizo desde una vida perfecta. David conocía sus propias luchas, sus errores y sus momentos difíciles. Sin embargo, pudo decir: "Tú me hiciste... maravillosas son tus obras". Es como si estuviera recordando algo que nosotros olvidamos muchas veces: antes de hacer cualquier cosa, ya éramos amados por Dios. Antes de que obtuvieras ese título, antes de tus éxitos y aun antes de tus fracasos, Dios ya te conocía. Él estuvo presente cuando nadie más sabía de tu existencia. Él vio tu vida antes de que dieras tu primer paso. Y cuando decidió crearte, no cometió ningún error.
Quizás hoy te cuesta creerlo. Tal vez llevas tiempo luchando con ansiedad, con inseguridades o con la sensación de que nunca alcanzas lo que otros esperan de ti. Tal vez sonríes por fuera mientras por dentro cargas con dudas y preguntas que nadie conoce. Si es así, quiero recordarte algo que también necesito recordar constantemente: tu identidad no está en lo que otros opinan de ti.
La opinión de las personas cambia. Un día te aplauden y al siguiente te critican, Un día te admiran y al siguiente te olvidan, Pero la mirada de Dios permanece igual.
Él sigue viéndote como un hijo amado. Sigue llamándote por tu nombre. Sigue encontrando valor donde tú solo ves defectos. Y eso tiene mucho que ver con nuestra salud emocional. Porque muchas de las cargas que llevamos nacen de creer mentiras acerca de nosotros mismos. La comparación, la culpa, el miedo al fracaso y la necesidad constante de aprobación terminan agotando nuestro corazón.
Por eso necesitamos regresar una y otra vez a la verdad de Dios.
Necesitamos recordar que no fuimos creados para vivir persiguiendo la aceptación de las personas. Fuimos creados para vivir en relación con nuestro Creador.
Además, Dios no solo nos creó; también nos acompaña.
Nos dio al Espíritu Santo para caminar con nosotros en los días buenos y en los días difíciles. Cuando las dudas aparecen, Él nos recuerda las promesas de Dios. Cuando las fuerzas se acaban, Él nos sostiene. Cuando sentimos que no valemos nada, Él vuelve a señalar la cruz y nos recuerda cuánto valemos para el Padre.
Hay algo profundamente liberador en entender que ya no tengo que demostrar mi valor todo el tiempo.
No tengo que ganarme el amor de Dios.
No tengo que aparentar ser perfecto.
No tengo que compararme con los demás.
Puedo descansar, puedo reconocer mis debilidades sin sentir que ellas definen quién soy.
Si hoy te encuentras peleando con esos pensamientos, haz una pausa y recuerda esto: eres una obra de las manos de Dios. Tu valor no depende de tus logros, de tu pasado ni de la aprobación de las personas. Tu valor proviene de Aquel que te formó con propósito y que aún hoy sigue obrando en tu vida.
Y cuando las voces de la inseguridad vuelvan a aparecer, que tu corazón pueda responder con la verdad del Salmo 139:
"Soy obra de Dios. Fui creado con amor. Y eso es más que suficiente."
Oración
Señor, hay días en los que no me siento suficiente. Días en los que mis errores, mis miedos y mis inseguridades parecen más grandes que tu verdad. Ayúdame a recordar que mi identidad está en Ti y no en la opinión de los demás. Recuérdame que fui creado por tus manos y amado por tu corazón. Llena mi vida con tu Espíritu Santo y enséñame a descansar en el hecho de que soy tu hijo y tu hija. Amén.
- Andrés y Laura Bernal.

Amen gracias
ResponderBorrarAmen gracias
ResponderBorrarAmén, gracias que buena reflexión.
ResponderBorrarHermoso, totalmente de acuerdo
ResponderBorrarAmen, si aveces se me olvida personas cercanas me hieren y hoy me señalan que por mi todo pasa hasta las decisiones que ellos toman.
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