"Pero Dios se acordó de Raquel; oyó su oración y le permitió tener hijos".
Hace un tiempo, en redes sociales había un trend en el que algunos padres les dejaban a sus hijos un tazón con dulces y les decían que solo podían comerlos cuando ellos regresaran. Los niños debían esperar con el dulce frente a ellos, teniendo acceso restringido hasta el momento autorizado.
Eso me hacía recordar los tiempos de espera en Dios: esos momentos en los que todo parece silencioso, pausado y casi sin movimiento ni avance; como si nuestras oraciones no fueran escuchadas.
En la Biblia vemos a una mujer llamada Raquel, quien vivía rodeada de bendiciones para su tiempo y tenía un legado de multiplicación. Su abuelo Abraham había recibido la promesa de una gran descendencia para él y toda su familia; además, Raquel era una mujer fiel y enfocada en la tarea de apacentar las ovejas que su padre Labán le había delegado. De hecho, el nombre Raquel significa en hebreo “la oveja de Dios”. A simple vista, parecía una mujer destinada a ser más que fructífera. Sin embargo, tuvo que atravesar un largo tiempo de espera. Lea y las dos criadas, Bilha y Zilpa, le dieron diez hijos a Jacob mientras ella permanecía sin poder concebir. Probablemente esperó cerca de un cuarto de siglo; la Biblia nos habla de ese tiempo de espera, de los celos que sintió hacia su hermana Lea y de cómo llegó a expresar que prefería morir antes que no tener hijos.
¿Alguna vez has sentido que Dios se ha olvidado de ti? Como si la bendición estuviera llegando para todos menos para ti, y la sala de espera se volviera eterna. Es justamente allí donde nuestra fe es probada. En esos momentos, el corazón puede endurecerse o regocijarse en gratitud y fe por el porvenir. Pero, si somos honestas, pocas veces sucede esto último, generalmente abrimos la puerta de nuestro corazón a la duda e incluso disfrazamos la envidia con críticas hacia los demás. Eso hace parte de nuestra naturaleza caída; sin embargo, la falta de madurez durante la espera solo retrasa las bendiciones que Dios quiere entregarnos, porque, si Él respondiera nuestras oraciones exactamente en el tiempo y bajo los criterios que nosotras establecemos, ¿será que nos enfocaríamos más en la bendición que en el Dador de la bendición?
Recuerdo que, al finalizar mi carrera profesional, inicié la búsqueda de trabajo. Aparentemente y la vista de los demás no era algo tan complicado; sin embargo, Dios tenía preparada para mí una sala de espera y quería trabajar en mi corazón. Recién había fallecido mi papá y yo me sentía fuera de mí. Pensaba que Dios ya no me escuchaba: no escuchó cuando le pedí que no se llevara a mi papá, así que mucho menos lo haría con algo como un empleo.
En mi corazón comenzaron a crecer el temor, la duda e incluso la envidia. Sentía que Dios escuchaba a todo el mundo menos a mí. Permití la comparación y mi fe estaba fracturada.
Tiempo después, Dios me abrió las puertas en un lugar de trabajo, poco antes de casarme. Sin embargo, era otro tipo de espera. La presión era bastante y recuerdo que, en lugar de agradecer por la oportunidad, volví a abrirle las puertas a la queja; ahí fue cuando comencé a perder la paz, sentía que era injusto y que “merecía algo mejor”. Entonces recordé la historia de una niña a la que su padre llama repetidamente para sentarse a la mesa a comer. Al principio la llama con una voz suave, pero después de varias veces debe endurecer el tono y ordenarle que se siente, finalmente, la niña responde: “Me siento, pero en mi corazón sigo de pie”.
De nada sirve decir que estamos esperando el tiempo de Dios si nuestra actitud durante la espera está llena de amargura, queja y duda frente a la promesa; no fue hasta que cambié mi actitud frente a esa situación y comencé a ver la oportunidad desde la gratitud; tanto así que Dios, en menos de un mes, abrió las puertas en el lugar por el que había estado orando, con las condiciones que había soñado.
Realmente Dios quiere bendecirnos y es un Padre bueno, pero no tiene prisa. Él desea trabajar intencionalmente en las debilidades de nuestro carácter y exponer a su luz todo aquello que, de cierta manera, nos aleja de parecernos a Él.
El tiempo de espera es la oportunidad perfecta para reconocer las áreas en las que necesitamos crecer, eliminar las actitudes incorrectas que detienen la bendición y afirmar con convicción genuina que Dios no se ha olvidado de ti y que sí ha escuchado tu oración; lo único que resta es mantener la mirada fija en el dador de la bendición y no solamente en la bendición.
Con amor,
Maria Alejandra Rey
Amén 🙏🏼 el tiempo de espera nos lleva a confiar en su voluntad y saber que sus planes siempre serán mejor que los nuestros, gracias mi Alejita 💚🤎🙏🏼
ResponderBorrarGracias por darnos fuerza en medio del Proceso, Realmente es "CONFIAR" Solo que es necesario vivir cada Letra!
ResponderBorrarExcelente ! El saber esperar es todo un proceso de fe! En donde maduramos en carácter y fortaleza ! Solo es confiar en la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta! Gracias mi princesa !atte : Tu Mami
ResponderBorrarLa esperanza está en el dador de la bendición
ResponderBorrarLa paciencia es la nos sostiene en el tiempo de espera
ResponderBorrarAmén y amén
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