“Él contestó: —Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes, hipócritas, según está escrito:Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7 En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas». 8 Ustedes han desechado los mandamientos divinos y se aferran a las tradiciones humanas”.
MARCOS 7:8
Hay una frase que seguramente muchos hemos dicho alguna vez: «Es que siempre lo hemos hecho así».
La decimos en casa, en el trabajo y también puede aparecer en nuestra vida de fe. Hay cosas que aprendimos desde pequeños, costumbres que vimos en nuestra familia y enseñanzas que llevamos tantos años escuchando que, en algún momento, simplemente las damos por ciertas.
Y no necesariamente son cosas malas. El problema surge cuando nunca nos detenemos a preguntarnos: ¿Esto realmente proviene de la Palabra de Dios o es simplemente algo que aprendí y nunca he cuestionado?
Creo que esto es parte de lo que Jesús quería mostrar cuando confrontó a los fariseos en Marcos 7.
Ellos eran personas religiosas, conocían las normas y habían conservado muchas tradiciones durante años. Sin embargo, Jesús les hizo ver que estaban tan concentrados en cumplir esas tradiciones que habían terminado dejando en segundo plano lo que Dios realmente quería.
Cuando leo este pasaje, es fácil pensar que los fariseos estaban equivocados. Pero creo que la pregunta más incómoda, y probablemente la más necesaria, es otra: ¿Y si a mí también me pasa lo mismo?
Muchas veces podemos acostumbrarnos tanto a nuestra manera de vivir la fe que empezamos a pensar que nuestra forma de hacer las cosas es la única correcta. Podemos llegar a confundir nuestras preferencias con la voluntad de Dios.
A veces juzgamos a alguien porque no ora como nosotros, porque no vive ciertas cosas de la misma manera o porque tiene una forma diferente de acercarse a Dios. Incluso podemos tener ideas muy arraigadas sobre cómo debería comportarse un cristiano.
Pero, antes de señalar a alguien, sería bueno preguntarnos: ¿Eso que estoy señalando en los demás realmente lo enseña la Biblia o es una expectativa que yo mismo he construido?
Y creo que esto va mucho más allá de las costumbres de una iglesia.
También existen ideas que hemos aprendido de nuestra familia, de nuestra cultura, de las redes sociales, de nuestros amigos o, simplemente, de nuestras propias experiencias. Algunas llevan tanto tiempo con nosotros que ni siquiera pensamos en revisarlas a la luz de la Palabra de Dios.
Ahí es donde este pasaje me confronta, porque seguir a Jesús también significa estar dispuestos a reconocer que podemos estar equivocados. Y eso no siempre es fácil.
Es mucho más cómodo leer la Biblia buscando algo que confirme lo que ya pensamos. Lo difícil es abrirla con la disposición de permitir que Dios cuestione nuestras ideas, nuestras actitudes e incluso aquellas cosas en las que hemos creído durante mucho tiempo.
Creo que una buena manera de acercarnos a la Biblia sería hacerlo con esta actitud: «Señor, no quiero leer tu Palabra solamente para encontrar respuestas para los demás. Muéstrame primero qué necesitas cambiar en mí».
Quizá descubramos que hemos juzgado a otras personas por asuntos en los que Dios nunca nos pidió hacerlo. O, por el contrario, que hemos normalizado ciertas cosas porque todo el mundo las hace, aunque sabemos que no están de acuerdo con lo que Dios nos enseña.
Por eso, la pregunta que da título a esta reflexión me parece tan personal: ¿Hay alguna costumbre o idea que estoy poniendo por encima de la Palabra de Dios?
No creo que sea una pregunta que debamos responder a la ligera. Vale la pena detenernos un momento y reflexionar sobre ella con sinceridad.
Al final, Dios no busca que simplemente cumplamos una lista de costumbres religiosas. Él quiere nuestro corazón. Quiere que lo conozcamos, que aprendamos a escuchar su voz y que estemos dispuestos a obedecer, incluso cuando su Palabra confronte nuestra manera de pensar.
El reto para esta semana es sencillo: antes de decir «Yo siempre he creído que…» o «Esto siempre se ha hecho así», detengámonos un momento y preguntémonos: «¿Qué dice realmente la Palabra de Dios sobre esto?».
Tal vez esa sencilla pregunta nos ayude a dejar atrás algunas cosas que hemos dado por ciertas y, sobre todo, a acercarnos un poco más a Jesús.
Oremos juntos, Señor Jesús, ayúdame a acercarme a tu Palabra con un corazón humilde. Muéstrame si hay ideas, costumbres o formas de pensar a las que me estoy aferrando más que a ti. Dame humildad para reconocer cuando estoy equivocado y sabiduría para distinguir entre mis opiniones y tu verdad. No quiero simplemente aparentar una vida de fe; quiero conocerte, escucharte y permitir que transformes mi corazón.
En el nombre de Jesús. Amén.
Con cariño, Andrés y Laura Bernal.

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