DIOS TE RESTAURA

“Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”

JUAN 8:3-5, 7, 10-11

 



Vamos a ver una escena del relato bíblico que no comienza con una oración, sino con una trampa. Los fariseos no buscaban justicia, sino poder. No les importaba el alma de la mujer, sino el control de las circunstancias. Tomaron su pecado y lo convirtieron en espectáculo. La empujaron al centro de un círculo armado con piedras y orgullo. Ella no habló. ¿Qué podía decir? Su vergüenza era pública. Su pecado, estaba expuesto. Su sentencia era inminente.

Y allí, en medio de ese juicio sin misericordia, estaba Jesús. No con una piedra. No con una acusación. Sino con un silencio que desarmaba, y un gesto que lo decía todo: se inclinó y escribió en el polvo. No sabemos lo que él escribió. Pero sí sabemos lo que provocó pues, uno a uno, los acusadores de aquella mujer se retiraron. No porque la mujer fuera inocente… ¡Sino porque ninguno estaba libre de pecado!

Y fue allí donde Jesús habló, no con condena, sino con redención.

- ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

- Nadie, Señor, respondió la mujer.

- Tampoco yo te condeno. Vete, y no peques más.

Estas palabras no borraron el pasado, pero sí iniciaron un nuevo comienzo. Jesús no ignoró el pecado, lo redimió. No relativizó la culpa, la redirigió hacia su cruz. Y lo que aquella mujer recibió no fue una segunda oportunidad, sino una nueva vida.

Este es el corazón del evangelio: que el único que tenía autoridad para lanzar una piedra… eligió extender su mano. Que el mismo Dios que escribió la ley en piedra, ahora escribe gracia en el polvo, allí donde estamos caídos.

Quizá tú también sabes lo que es ser acusado y te has sentido indigno, culpable o expuesto. Pero si estás delante de Jesús, estás en el lugar correcto, porque su gracia no niega la verdad, pero tampoco te deja encadenado a ella. Su gracia libera, transforma y restaura.

Querido lector, hoy es un día de salvación: Jesús no te condena, pero es necesario confesar, apartarse y permitir la liberación, por ello le dice: ¡Vete, y no peques más!

Oración: Amado Jesús ¡Ten misericordia!, me postro ante ti con el alma desnuda. No tengo defensa, solo necesito tu voz. Gracias por no lanzar piedras, sino por cargar mi culpa. Enséñame a caminar como alguien que ha sido perdonado por amor. Que mi vida sea testimonio de tu gracia… escrita en mi polvo. Hazme libre de este pecado que asedia mi cuerpo, mi alma y mi mente. ¡Y permíteme experimentar la libertad que solo tu Espíritu Santo puede Dar!

En el nombre de Jesús, amén.

Nota:  No olvides que debéis buscar ayuda de un mentor o líder para iniciar un proceso de restauración!

Con cariño, Rossemarie Rizzo Martínez.

Pastora MCI Bogotá, Usaquén.

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