¡TU FE TE PUEDE HACER SALVO!

 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

Marcos 5 :33-34

La Biblia relata la historia de una mujer que padecía una grave enfermedad femenina, y había sangrado durante doce años. Pero más allá de su cuerpo, ella sangraba por dentro: en su dignidad, en su fe y en su esperanza.

Su enfermedad la había hecho impura según la ley, por tanto, no podía abrazar, ni ser abrazada, no podía entrar al templo y tampoco podía ser tocada. Era, para todos, invisible.

¡Lo había intentado todo! Había gastado su dinero en médicos, remedios, promesas humanas y todo había fallado. Estaba sola, enferma, empobrecida…

¡Pero algo sucedió! Escuchó hablar de Jesús.

Y había algo que ni el dolor ni los años le pudieron quitar: una fe viva. El milagro inició en el momento en que Alguien le habló de Jesús.

                 Aquel que sanaba con solo una palabra.

                 El que tocaba a los impuros sin temer contagiarse.

                 El que miraba con ternura lo que otros no se atrevían a ver.

Y ella se determinó a creer, aunque no entendía todo, pero tuvo fe, entonces se arriesgó.

Cuando te decides a creer a la palabra de Dios, ¡ACTÚAS!

Esta mujer anémica y casi sin fuerzas, se fijó una meta: Caminó más de 40 kilómetros con un cuerpo debilitado. Se abrió paso entre una multitud sabiendo que podría ser rechazada. Se acercó por detrás, no por cobardía, sino por reverencia, y tocó el borde del manto de Jesús, nada más… ¡Y el milagro sucedió! La hemorragia cesó y el dolor desapareció.

Pero Jesús no permitió que la historia terminara ahí, él se detuvo, se volvió y la miró.

¿Quién me ha tocado? Preguntó, y en ese instante, ella tembló. No porque temiera al castigo, sino porque supo que su acto secreto había sido visto por él.

Y allí se dio la ocasión para la segunda parte del milagro, porque Jesús no solo la sanó físicamente, sino que La restauró emocionalmente con una palabra que nunca antes había usado con nadie: “Hija”. Ella no solo fue curada, fue reconocida, aceptada y nombrada como hija de Dios porque después de haber vivido (12) doce años de rechazo, Jesús le dio un lugar en su corazón.

Recuerda que no fue el manto lo que la sanó, fue la fe que la movió a tocarlo, no fue su fuerza lo que la trajo hasta él, sino su confianza en la compasión del Maestro.

Querido Lector, hoy día muchos también sangran en silencio. Cuerpos agotados, mentes al borde del colapso, corazones que apenas laten entre el dolor… y, sin embargo, el mismo Jesús sigue caminando entre la multitud.

Él no exige oraciones largas ni doctrinas perfectas. Solo busca corazones que aún crean. Si solo puedes extender una mano, hazlo. Porque su manto sigue al alcance de tu fe.

Oración

Amado Jesús, tú que ves al que nadie ve, hoy me presento delante de ti ¡Aquí estoy! Te quiero expresar lo que hay en mi interior: No tengo fuerzas, pero tengo sed de ti. Como aquella mujer, solo quiero tocar tu manto y escuchar tu voz.

¡Señor, te pido que me sanes! Por favor llega a lo más profundo de mi alma, donde nadie más ha llegado y sana mis heridas. Llama por favor mi alma por su nombre y hazme saber que aún soy tuyo ¡Dame propósito y una misión de vida clara! En el nombre de Jesús. Amén.

Con Cariño, Rossemarie Rizzo Martínez.

Pastora MCI Bogotá, Usaquén.

Inspirado en blog devocional “Mujeres de Fe”



Comentarios

  1. Amén 🙏 sana mis heridas más profundas donde sólo tú puedes llegar mi amado ,muéstrame qué propósito tengo 🥹🙏💪🏼

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  2. Cuan hermoso es nuestro padre, sana nuestras dolencias, suple nuestras necesidades, nos adopta como sus hijos.

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